CENTRO CULTURAL SAN FRANCISCO SOLANO
CENTRO CULTURAL SAN FRANCISCO SOLANO. Costurera
















costurera


COSTURERA “LA PECHOTES”(*)

-Vamos, esposo, que tienes que venir conmigo a la costurera “la Pechotes”, y quedarte dentro del coche, en doble fila, si no encontramos sitio donde aparcar.

Ya la he llamado y nos espera.

Sobre “la Pechotes” me había hablado un amigo mío, Conde de Monterrey, que vive en su mismo edificio, diciéndome que la tal “Pechotes” era un flash de película de humor porno viéndola tender la ropa en una hélice de avión por fuera de la ventana de la cocina, poniendo sus dos tetazas sobre el alfeizar.

Yo ya tenía muchas ganas de conocerla.

Cogimos el coche, que conduce mi esposa, y nos dirigimos a la Carretera de Logroño. Tuvimos suerte porque aparcamos justo en frente del edificio donde vive “la Pechotes”, a la altura de los números 15 y 17.

La puerta del edificio estaba abierta, y entramos subiendo unas escaleras hasta el ascensor; un ascensor nuevo, en el que no caben más que dos personas, subiendo apretados como dos sardinas en lata de conservas, al quinto izquierda.

“La Pechotes” ya nos esperaba, en camisón, en la puerta de su piso, como hacen las putas en los pisos de citas. Tenía pinta de mujer harona, holgazana, y tetona como no podéis imaginar. Ella era como dos tetazas pinchadas en dos palos, con una cabeza como de mazorca con dos ojitos, una nariz y una boca, y con un medio bajo vientre entre las piernas, sus dos palos. Sus brazos eran más bien pequeños, como enojados uno del otro.

-Entrad y no os asustéis. Veréis hilado y cosido de un año, y unos cuantos sujetadores por hacer.

Ella nos pasó al comedor que está justo al lado de la puerta de entrada.

Mi esposa sacó de una bolsa del Supermercado “Día” dos sujetadores de talla grande; se les enseñó, diciéndole a ella:

-Quiero que me les alargues un poco, dos centímetros, me pongas unos corchetes nuevos y un par de ballenas.

-De acuerdo, esto te lo hago en un periquete.

“La Pechotes” marchó hacia una máquina de coser antigua, pero en muy buen estado, marca “Singer”, y sobre ella se puso a arreglar los dos sujetadores.

Yo cotillee el comedor, viendo que en una pared había un cuadro con una lámina del Cristo de Dalí; y frente él, en la otra pared, una bandera de España con un lazo negro recordatorio de los fallecidos por Covid 19.

Mi esposa cogió una silla y se sentó frente al televisor encendido, viendo y escuchando las noticias del día que no eran más que monsergas acerca del Coronavirus y sus estadísticas de muertos y vivos. Yo cogí una revista del revistero, sentándome otra silla, apoyándome sobre la mesa del comedor para hojearla.

Era una revista en color con manchas de esperma secas. “La Pechotes” dejó la labor; y se volvió a mí, diciéndome:

-Esa es una revista de motos que mi hijo se suele llevar al retrete; indicando con la mano la puerta del servicio.

La hojeé un rato. Era una revista de motos con tías denudas haciendo poses en plazas, calles y carreteras con ellas.

En un momento, sentí mucho prurito de ir a mear. Me levanté y, cuando me dirigía al servicio, advertí que por el pasillo corría, de un dormitorio a otro, un chico desnudo con la picha erecta cogida en su mano derecha tras una chica, también desnuda, que le hacía señas con una braga con los colores de la bandera de España, incitándole como hacen los toreros al toro, gritándole: ¡Eh, torete¡

Cuando se acabó del todo mi micción, volví al comedor.

Junto al lado de mi silla se había sentado el esposo de “la Pechotes”, que estaba mirando con mucha atención su móvil.

-Hola, le dije.

-El levantó la vista del móvil, y me dijo:

-Ya sabes cómo son los jóvenes. Ellos son prima y primo, y ya conoces el dicho que dice que: “el primo a la prima se la arrima”. Además de que corren por el pasillo y van de una habitación a otra porque en cada cama hay una guitarra y ellos quieren tocar las cuerdas.

Yo sonreí, asintiendo con la cabeza, y él volvió a su móvil.

Por el rabillo del ojo izquierdo vi que veía mensajes con tías desnudas que se frotaban las tetas y los chuminos; y que un moquillo verde le caía, a él, de las narices.

(*)Foto de Daniel Culla